“El Tanque” Videla y esa obsesión que lo llevó a degollar a su amante veinticinqueña

25 de Mayo 16 de septiembre de 2019
Un amor que no era tal, pero principalmente una manía por retener a una mujer a la fuerza. Así fue la trágica historia ocurrida en 1992 con un metalúrgico que no se resignó a que su novia lo dejara y la asesinó salvajemente en La Chimbera.
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Aguardó impaciente por el lapso de más de cuatro horas mirando cada colectivo que se detenía en esa parada, esperando que ella llegara. Su maniaca obsesión y su odio lo enceguecieron y con la idea fija se mantuvo firme hasta que la joven mujer arribó en uno de los ómnibus a esa zona de Las Casuarinas. Él subió presuroso y, sin dejar que ella siquiera amagara con levantarse del asiento, se le fue encima a reclamarle y no la dejó bajar. Discutieron acaloradamente durante el corto viaje y más adelante descendieron del micro a la altura de La Chimbera, para alejarse juntos a pie por la banquina. Para la chica esa fue su última parada, no sospechó que el camino que emprendía a la par de su amante la llevaría a la muerte.

Esa tarde del lunes 16 de noviembre de 1992, los gritos de Liliana Inés López se perdieron en la desolación en medio de los matorrales y las arboledas en las afueras de la localidad de La Chimbera, en 25 de Mayo. Horas más tarde la encontraron golpeada y prácticamente degollada sobre un charco de sangre. El que señaló el lugar donde estaba el cadáver de la chica de 29 años y madre de tres niños fue su mismo asesino, Raúl Ernesto “El Tanque” Videla, el hombre que decía que la amaba.

Los familiares de la mujer contaron en un primer momento que no existía ninguna relación entre ambos, que Videla la pretendía y estaba obstinado con ella. Liliana vivía con sus padres y sus tres niños en Las Casuarinas. Venía de un frustrado matrimonio con el padre de su primer hijo y aunque después inició otra relación con un gendarme, el papá de los otros niños, supuestamente se encontraba distanciada de este último. Pero algo hubo entre Raúl Videla y Liliana -eso salió a la luz en el juicio-, al menos desde de 1991 y no todo fue puro amor.

Los testimonios revelaron que “El Tanque” Videla, también vecino de Las Casuarinas y de profesión metalúrgico, era un sujeto violento y posesivo con Liliana. El padre de la chica contó en aquel entonces que el sujeto la golpeó en reiteradas ocasiones y cada vez que se distanciaban él la perseguía y la acosaba con amenazas de todo tipo. Recordó que en junio de 1991 le dio una feroz paliza a la mujer, que provocó que perdiera un embarazo. Había denuncias en la subcomisaria del pueblo, pero eso no ponía límites a ese irascible hombre que se empecinaba a tener a toda costa a Liliana. Los antecedentes de Videla no eran buenos, contaba con una condena dictada en 1989 por el delito de lesiones.

Liliana López se cansó de los maltratos y las humillaciones de este hombre, entonces quiso romper toda relación con él. Tiempo atrás la joven mamá se había mudado a la casa de una hermana suya que residía en Pocito para alejarse y no ver más a “El Tanque” Videla, aun así éste se le aparecía allí para insistir que volvieran a estar juntos. Ella después regresó a 25 de Mayo y se siguieron viendo de tanto en tanto, pero decidió no continuar con esa violenta relación.

A medida que Liliana buscaba no cruzarse con Videla, éste hacía lo posible para vigilarla mientras crecía en él la idea de que ella mantenía un nuevo romance y que por eso lo rechazaba. No entendía que se había hastiado.

El último día

Él rondaba la casa de los López y a escondidas procuraba controlarla. Así fue que la mañana del lunes 16 de noviembre de 1992 siguió a Liliana luego de que ésta partiera hacia el centro de San Juan a realizar trámites.

La persiguió disimuladamente por las calles céntricas hasta que vio que, supuestamente, se encontró con un hombre que andaba en un auto Peugeot. Quizás fue un encuentro casual con un conocido, un amigo o una persona con la que estaba empezando a salir, igual no era problema suyo. “El Tanque” Videla supuso de inmediato que era un amante y le hizo un escándalo a Liliana, incluso discutió con ese otro hombre. Después se marchó enojado y regresó a Las Casuarinas, pero no contuvo su enfermiza obsesión y la esperó masticando bronca cerca de una de las paradas en la que solía bajar.

Estaba tan enloquecido y furioso que no se movió. La aguardó desde las 14 hasta las 18.45, hora en que llegó otro de los colectivos de la línea 19 y vio que ahí venía Liliana López. Videla subió al ómnibus y sin perder tiempo se le acercó a la mujer para pedirle explicaciones. Le recriminó la charla con ese otro hombre y empezaron a discutir ofuscadamente. En un momento dado ella se paró y caminó hacia la puerta del micro para descender, pero “El Tanque” se lo impidió.

El micro continuó su recorrido hasta que cruzaron los rieles del ferrocarril y llegaron a la zona de La Chimbera. En ese lugar, la pareja pidió detener el coche para descender. El colectivero Juan Tello, quien presenciaba la discusión y notaba que Videla estaba sobresaltado, le recomendó a éste último que reflexionara sobre lo que hacía. El chofer jamás imaginó que “El Tanque” llevaba un cuchillo escondido entre su ropa y prosiguió su marcha por la ruta 279, mientras la pareja se alejaba caminando por la banquina. Era imposible que Liliana enfrentara a ese corpulento hombre que ya le había pegado otras veces.

Él aseguró en el juicio que le pidió que hablaran a solas y cruzaron las vías y un alambrado al borde de la ruta para internarse 150 metros adentro, entre unos matorrales. Sabía a lo que iba. En ese trayecto la agarró a golpes de puño y la increpó para que respondiera quién era el hombre del Peugeot. Su nivel de demencia llegó al extremo que sacó su cuchillo y le cortó algunos mechones de cabello para humillarla y torturarla en esos instantes en que ella seguramente gritaba y suplicaba.

Se supone que en esos momentos en que le pegaba, la tomó de atrás y sujetándole la cabeza, le propinó tres cuchillazos en la zona del cuello. Fueron cortes  profundos que llegaron a la médula y la dejaron prácticamente degollada. Liliana no tuvo escapatoria, cayó moribunda y se desangró en cuestión de segundos.

Se desconoce qué hizo después “El Tanque” Videla. Sospechan que permaneció oculto en ese sitio o deambuló desconcertado hasta que salió nuevamente a la ruta y tomó el mismo colectivo que los había dejado un rato antes y que ya estaba de vuelta. Su plan era fugar, pero no lo consiguió.

Un testigo clave

Al colectivo Juan Tello le extrañó que Videla subiera solo y muy nervioso. Una mala corazonada le decía que algo no estaba bien. Es que en el viaje de ida había visto discutir a ese hombre con una chica. Además, lo había notado enardecido y la última imagen que tenía de ambos era que se perdieron por el costado de la ruta.

El chofer continuó el viaje como si nada pasara, a todo eso pensaba en la suerte de esa chica. Por casualidad, en una de las paradas siguiente, subió al micro el oficial Carlos Bustos que se dirigía cumplir servicio en la Seccional 1ra. Tello lo conocía, de modo que le pidió que se acercara y en confidencia le comentó que había un hombre sospechoso en los asientos trasero  del colectivo. Le contó sobre la discusión de ese sujeto con una mujer y la extraña partida de ambos hacia el campo. Le dijo que temía que estuviese armado y que le hubiese hecho algo terrible a esa chica.

El policía tomó en serio el comentario y con disimulo empezó a mirar al extraño pasajero. La cara de “El Tanque” Videla lo delataba. Hay quienes dicen que su ropa tenía manchas de sangre. El oficial fingió no darse cuenta y esperó paciente durante todo el recorrido que los trajo desde de 25 de Mayo al Gran San Juan. Cuando observó que llegaban a la parada cerca de la Seccional 5ta de Santa Lucía, se arrimó a Videla y le preguntó si tenía algo para decirle. Como éste no supo qué responder, le ordenó que descendiera del colectivo y lo acompañara. El otro no se resistió, estaba entregado.

Para cuando el oficial Bustos entró a la comisaría y pidió el móvil de la Seccional 1ra para trasladar al sospechoso, le avisaron que acababan de hallar el cadáver de una persona de sexo femenino en La Chimbera. Se trataba de un asesinato y buscaban al autor del crimen. Ahí se dio cuenta que la mujer de la que hablaban era Liliana Inés López y el homicida prófugo no era otro que el tipo que tenía a su lado, “El Tanque” Videla. La prueba más contundente era el cuchillo que todavía llevaba consigo.


En el juicio realizado en agosto de 1994 en la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional, Raúl Ernesto Videla (35) procuró de victimizarse. Esgrimió en su defensa que se sintió herido en su dignidad por la supuesta infidelidad y  sólo buscó amenazarla y lesionarla, pero no matarla. Trató de culpar a Liliana López diciendo que ella se mostró desafiante, que lo golpeó y hasta le quito el cuchillo, que fue en esa reacción que él le arrebató el arma blanca y le propinó los puntazos en el cuello. La autopsia tiró por tierra su versión, dado que reveló que el ataque fue atrás o de costado.

Su defensa, buscando atenuar la pena, intentó demostrar que actuó en estado de emoción violenta en razón de que supuestamente estaba perturbado por el desengaño de la mujer. El fiscal de cámara alegó que en realidad existió alevosía, que Videla planeó todo y la mató a traición. El tribunal consideró que no se configuró ni una ni otra circunstancia, entendió que el crimen fue producto del momento y encuadró el delito como homicidio simple -hoy lo hubiese calificado como Femicidio-. Bajo esa calificación, Raúl Ernesto “El Tanque” Videla fue condenado a 12 años de prisión con costas y accesorias legales. Estuvo preso en el penal de Chimbas hasta que obtuvo la libertad condicional. Al tiempo lo vieron de nuevo por Las Casuarinas. Según vecinos de ese poblado, luego se perdió. Dicen que estaría viviendo en San Luis.

Por Walter Vilca

Fuente: Tiempo de San Juan

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