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25 de Mayo: Pasó 27 años encerrado por sufrir bullying y salió por miedo a morir

Luis Omar Elizondo abandonó el colegio a los 14 años porque no soportaba las burlas de sus compañeros y tres años después decidió recluirse en su casa de la localidad de Las Casuarinas. Salió después de 27 años.

25 de Mayo 04/06/2021
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Foto: INFOBAE

“Venite que a Omar le pasó algo”, le dijo por teléfono María Rosa a Mario, su hermano. Eran casi las once de la noche de un domingo, el primer día de marzo de 2020. Lo primero que pensó fue lo peor. Lo había visto ayer: Omar, su hermano mayor, su compinche, caminaba raro. Imaginó que podría ser la flacidez de sus músculos, las huellas de su inactividad, las secuelas de su reposo, de su quietud. Priorizó esa idea: prefirió no suponer que tal vez rengueaba por lo mismo que había matado a su mamá. Su espanto duró lo que tardó su hermana en serenarlo: “Quedate tranquilo. Está todo bien, no es nada malo”.

María Rosa no le anticipó nada más. Quería que Omar se lo dijera en persona. No notó que ya era tarde. A cierta hora del domingo, los colectivos dejan de pasar. Había que esperar al día siguiente, cuando reanude su servicio la línea 19 de la empresa El Triunfo. Mario descansó esa noche, no durmió. Él, pintor independiente, debió desestimar una oportunidad de trabajo. A primera hora de la mañana, quería presentarse en la casa de su familia, en su casa de siempre. Se había mudado hace dos años de Las Casuarinas, un poblado semirrural de Veinticinco de Mayo, un departamento ubicado 39 kilómetros al sureste de la capital de San Juan. Se había establecido en Villa Santa Rosa, la ciudad cabecera del departamento, con su esposa Yenifer y su hijo Ian.

El viaje de diez kilómetros se le hizo denso. Elucubraba qué le pudo haber pasado a Omar si en 27 años no le había pasado prácticamente nada. “Lo primero que dije cuando llegué fue ‘¿dónde está Omar?’”. Estaba, para sorpresa de nadie, sentado en el patio de atrás en la ubicación de siempre, en la silla de siempre. Pero esta vez tenía el pantalón levantado a la altura del gemelo de la pierna derecha. Estaba lastimado: tenía un corte profundo y la carne expuesta. Uno de los perros lo había rasguñado mientras jugaban. La herida no era nueva y se había infectado. No lucía bien.

Mario llegó asustado. Era la mañana del lunes 2 de marzo de 2020 cuando Omar habló: “Quiero que me lleves a un médico”. “¿Qué te pasó?”, le respondió su hermano conmovido, sin procesarlo, sin tomar dimensión de lo que estaba sucediendo. “Quiero que me lleves a un médico porque no quiero que me pase lo que le pasó a la mami”, le explicó. Su voz fue un susurro: sus cuerdas vocales se habían deteriorado por el poco uso, sus dientes se le habían caído. Omar tenía 44 años cuando le comunicó a su familia que estaba dispuesto a salir a la calle por primera vez desde aquella noche de carnaval de 1993.

Omar es Luis Omar Elizondo. Nació el 18 de diciembre de 1975 y es hijo de un padre que lo abandonó a él y a Antonia Elizondo, una mujer de origen humilde de Las Casuarinas. La leyenda relata que la separación devino de un sesgo clasista: la familia del padre, de un nivel socioeconómico más acomodado, no aprobó el embarazo por la condición social de la madre. Hijo, entonces, solo de Antonia y del Barrio Antártida Argentina: Omar vive aún en la misma casona donde se crió. Antonia se había enamorado del jornalero Duilio Bustos. A sus cinco años nació Mario, su primer hermanastro. Aparecieron, después y en orden, Miguel, Daniel y María Rosa, los otros hijos de Antonia y Duilio. En la casa ya vivían Marcelo y Teodora, los abuelos maternos.

La vivienda no tiene escaleras ni segundos pisos. Un patio con rejas al frente y un gran patio trasero encierran la edificación. El caserón se distribuye en tres habitaciones, un baño, una cocina y un comedor. Los ambientes son grandes. Es un hogar de contextura confortable, de idiosincrasia humilde, una clásica vivienda exenta de detalles en un paraje rural anclado en las afueras de la capital provincial. Omar dormía en el mismo cuarto con Mario y con Daniel y con Miguel y con María Rosa y con Antonia y con Duilio: se repartían tres camas. Otra habitación la compartían Marcelo y Teodora con la tía Rosa. Y la última era la del tío Pedro. La familia se sostenía de los ingresos de los hombres de la casa, Duilio, Marcelo y Pedro, efectivos en una finca. “Imaginate lo que ganaban -pide Mario-, era una miseria. Eran quincenas muy pobres que no alcanzaban para nada. A veces se retrasaban y no les pagaban. Pasamos mucha hambre: había almuerzos y cenas que comíamos una taza de té con un pedacito de pan”.

Mataban la pobreza y las horas jugando al fútbol. Enfrente de la casa estaba la cancha del Club Cultural Villa Borjas -hoy es un baldío- y en la esquina la plaza céntrica de Las Casuarinas. “Con mi hermano nos levantábamos tempranito e íbamos a jugar a la canchita. Salíamos, volvíamos al mediodía, almorzábamos y volvíamos a salir. Tratábamos de escapar del bajón de la casa, aunque mucho no nos dábamos cuenta”, comparte Mario. Descubrían que habían nacido en un hogar pobre cuando la comida faltaba y cuando festejaban Navidad y la llegada de los Reyes Magos: “Las situaciones más tristes eran en las fiestas cuando veíamos a nuestros vecinos con juguetes y nosotros no. Eran cosas que nos dolían muchísimo”.

La pobreza era motivo de burla. Les afectaba igual pero lo asimilaban distinto: Omar se anulaba, Mario respondía. Los dos asistieron a la escuela pública Prilidiano Pueyrredón en nivel primario. A Omar le apasionaba aprender cosas nuevas. Mario dejó antes de empezar quinto grado. En el colegio le pegaban. Las drogas lo domaban. Nunca pudo volver a retomar los estudios. Se había convertido en un drogadicto que evadía su realidad. Su estado se agravó cuando su hermano decidió abandonar la Escuela Agroindustrial de Veinticinco de Mayo: cursaba primer año de la secundaria y vivía ahogado por el bullying.

Omar es tartamudo. Omar nació además con un leve retraso madurativo. Omar nació también fruto del fórceps en el parto y su cráneo presenta una leve deformación cerca de la nuca. “Siempre ha sido una persona muy humilde, muy calladita, que hablaba lo justo y necesario por su tartamudez. Lo mirabas a los ojos y no podía hablar, se ponía muy nervioso. Era como Sarmiento, lloraba cuando no podía ir a la escuela. Amaba la escuela y si no iba se ponía mal. Pero en la escuela empezaron a tratarlo mal, a burlarse de sus defectos físicos”, relata Mario.

Era sumiso, dócil, inocente, ingenuo. La burla lo anestesiaba, lo paralizaba. Se había transformado en el foco de las cargadas en la escuela y en el barrio. Los chicos se abusaban de sus fragilidades, se reían de su tartamudez, de su leve deformidad. En la lógica vil de sus agresores, Omar, además de todo eso, era pobre: iba a la escuela, a la plaza y a la canchita con zapatillas rotas y ropa emparchada. El bullying fue voraz con él: no discriminó su estatus social ni sus malformaciones físicas. Le avergonzaba concentrar la atención: esperaba inerte que quienes lo asediaban se cansaran de molestarlo. No respondía porque eso podría otorgarle mayor exposición y prolongar el acoso. Los pormenores de los ataques, el trazo fino de la maldad, son evocaciones confidenciales de Omar y su familia. “Él se bancaba todo: agachaba la cabeza y seguía. Se comía el garrón él solito. Le podían estar dándole piñas que él no iba a responder jamás. Era un chico con un corazón gigante”, describe.

Lo castigaban por su tartamudez, le decían que se parecía a un marciano. Pero lo que más le dolía era que le insistieran con su fealdad. Almacenó todas las burlas. Las acumuló, las guardó. Nunca pudo neutralizarlas ni canalizarlas. Tenía catorce años cuando le avisó a su mamá que iba a dejar de ir al colegio. “Fue de un día para el otro -recuerda Mario-. Le dijo: ‘Ma, no voy más a la escuela’. Mi mamá le preguntó por qué y él le respondió que se había cansado de la escuela. Ella no le creyó porque sabía que Omar amaba la escuela, amaba aprender cosas”.

Antonia lo aceptó. Interpretó que iban a ser solo unos días hasta que la situación se normalizara. Eran finales de la década del ochenta. El bullying como definición no había surgido por entonces. Su familia no supo contenerlo. No identificó el problema, no se asesoró. Por inoperancia, ignorancia o desidia, naturalizaron que Omar decidiera abandonar el colegio y su vida. No era, tampoco, un suceso tan inverosímil: su escolaridad había durado más que la de Mario y que la de muchos de los chicos del barrio. Lo curioso era que Omar iba al colegio hasta enfermo: su asistencia era casi perfecta.

No iba a clases pero seguía saliendo a la calle: jugar a la pelota era su refugio. Si no estaba en su casa estaba en la canchita de enfrente. Las cargadas no mermaron desde su exclusión escolar. Pero entendió que la burla desaparecía cuando nadie lo veía. Hallaba la paz y el sosiego en la intimidad de su hogar. Tenía 17 años cuando fue a hacerse el documento junto a Antonia y Mario. “Ese día pensó: ¿para qué me hice el documento si me voy a encerrar y no voy a salir más? Ya lo tenía todo planeado. No quería que nadie más lo viera, no quería que nadie más le dijera que era feo”, cuenta su hermano.

La fecha es una incógnita. Pudo haber sido un lunes, un martes o un miércoles cuando realizaron el trámite de renovación de los documentos. Lo que Mario recuerda es que el domingo siguiente se celebraba el cierre del carnaval de Las Casuarinas en el polideportivo. Era la primera semana de marzo de 1993. El primer domingo de ese mes de ese año cayó el día 7. Omar se enteró de que Mario había ido al baile sin que su mamá lo supiera y acudió para custodiarlo: “Fue solo para cuidarme. Él era mi guardián cuando yo era pibe. Siempre me ha protegido muchísimo, recibía los golpes para defenderme”.

En 1993 asesinaban a Pablo Escobar Gaviria, Bélgica se constituía como país federal, Nelson Mandela recibía el Premio Nobel de Paz, Bill Clinton asumía la presidencia de los Estados Unidos, Carlos Menem cumplía el cuarto año de su primer mandato como presidente de la Argentina y Diego Maradona era presentado como jugador de Newell’s. El lunes 8 de marzo de ese año Omar iniciaba su reclusión voluntaria. “Ese día comenzó la peor pesadilla para él”, resume Mario. Vivirá 27 años encerrado y en silencio.

El primer año de su confinamiento no salió de su habitación más que para comer e ir al baño. Su familia no comprendía la naturaleza de su aislamiento. Omar había sido un niño tímido y retraído pero en la intimidad del seno familiar era una persona abierta y sensible: “A nosotros nos contaba todo lo que le pasaba. Venía orgulloso de la escuela contando que le había ido re bien en un examen. Quería ser abanderado para demostrarle a mi vieja que podía hacerlo bien”.

Su reclusión fue integral. No interactuaba con nadie. No reaccionaba a casi ningún estímulo. No hablaba. Respondía con monosílabos. Había decidido dejar de hablar para dejar de ser tartamudo. Apagarse fue su solución. “Cuando le hablábamos, agachaba la cabeza y se iba, no quería que le preguntáramos nada. Nos sentábamos al lado suyo y le decíamos que necesitábamos saber lo que le pasaba, pero no te decía nada y se iba. Te miraba mal porque le molestaba, le cansaba. Todo el tiempo estábamos queriendo hablar con él”. El tiempo hizo que la incredulidad se convirtiera en normalidad. Lo habitual pasó a ser que Omar no quisiera hablar.

Dormía, comía y el resto del día no hacía mucho más. Leía un libro que su mamá le había comprado. No era un cuento ni una novela, era una enciclopedia básica ilustrada de tapa roja y letras doradas. La leía, la repasaba, la estudiaba, la memorizaba. Escuchaba también una radio portátil que le había regalado el padrastro. “Cuando nos dábamos cuenta de que ya no la escuchaba era porque la radio se había quedado sin pilas. Él no te iba a venir a pedir pero si se las dabas te las recibía. Así que le comprábamos las pilas y volvía a escuchar la radio. No te decía gracias ni nada. Pero sabíamos que eran su único escape”, relata su hermano.

Al segundo año de su encierro descubrió que en el fondo de su casa lo molestaban menos. Agarraba una silla con los almohadones caseros que le había hecho su mamá y se sentaba en el patio acompañado por sus perros durante horas. A ellos sí les preguntaba cómo estaban. Tomaba té, leía la enciclopedia o simplemente miraba. Su transcurrir fue mutando. Al principio se bañaba, se higienizaba. Pronto y paulatinamente dejó de hacerlo. Al principio, también, dormía de noche y vivía de día. Comprendió que si alteraba el ciclo del sueño podría potenciar su soledad. “De a poquito empezó a acostarse más tarde, más tarde y más tarde. No dormía de noche: estaba toda la noche despierto, así fuera invierno o verano, no importaba. Sentado afuera, en el hall de entrada o en el comedor”.

Cuando todos aprendieron la dinámica de la casa, los monosílabos que pronunciaba Omar dejaron de ser útiles. Prescindió, entonces, de la oralidad. Sus gestos hablaban por él. Eso sí: comía todo lo que le dieran. Lo llamaban a almorzar, se sentaba en la punta de una mesa aparte y comía durante horas porque masticaba despacio. “Si le preguntabas ‘¿Omar, necesitás algo?’, se levantaba de la mesa y no comía. Se iba. No le podíamos decir nada mientras estaba comiendo”.

Más intentaban hablarle, más huía. Cuando encendían el calefón y le pedían que se tomara un baño, se comprometía aún más con su encierro. “Cuando le decíamos que hiciera algo, no lo hacía. Era para que nos diéramos cuenta de que no quería que lo molestáramos”, analiza Mario. Solo en las fiestas se cambiaba la poca ropa que tenía y procuraba acicalarse un poco. El resto del año lucía barba y pelo largo. No se lavaba los dientes y se bañaba de vez en cuando. Omar se había abandonado.

El 17 de abril de 2003, cuando llevaba ya una década recluido, murió Teodora, su abuela. Tenían una relación especial. Para las fiestas, él se arreglaba, se incorporaba al comedor y se sentaba exclusivamente al lado de ella. “Usted tiene que recuperarse, tiene que estar bien”, le decía la abuela al oído. El sermón podía durar horas sin que Omar se incomodara. Tampoco le respondía. Él solo hablaba con sus perros.

El velatorio se hizo en su casa. Vino mucha gente a despedirla porque Teodora era conocida y respetada en Veinticinco de Mayo. Omar, entre el dolor y la clandestinidad, se escondió en su habitación. Los invitados preguntaban por él y Antonia, su mamá, por vergüenza y pudor les mentía: “Se fue a trabajar a San Luis por un tiempo”. Omar se había encerrado con su historia y el orgullo de su familia.

Hubo más muertes cercanas durante su confinamiento. Falleció Ramón Elizondo, su padrino y su tío, el responsable de su único apodo: Bocha, Bochita. Hubo también nacimientos. Nacieron dos sobrinos: Ludmila, la hija de María Rosa en abril de 2014, e Ian, el hijo de Mario, tres meses después. “Pero él ya estaba en otra -lamenta su hermano-. No participaba de nada. Cuando nació mi hijo, se lo mostré, lo miró y no le dio un beso, no lo tocó, nada. Hizo una sonrisa solo para complacerme a mí. Le pregunté si quería acariciarlo y con la cabeza me dijo que no. Al principio decía ‘sí’, ‘no’, ‘no sé’ y después ya no decía nada, solo respondía con la cabeza”.

No sabían ya qué hacer con Omar. Si lo presionaban, se encerraba más. Si lo dejaban ser, no se acercaba. La razón de su comportamiento era un enigma. La situación era todo un incordio. Omar llevaba ya quince años ensimismado. Vecinos y familiares lejanos acercaron soluciones paranormales. Recibieron a al menos diez personas con la promesa de “sanación”: curanderos, chamanes, brujos sanadores. Mario los llama hoy “manochantas” y llora de impotencia cuando los recuerda: “Sabés la cantidad de hijos de puta que vinieron a mi casa a sacarnos la poca plata que teníamos para exorcizar a mi hermano, haciendo pelotudeces con humos, sahumerios, un montón de mierdas, llenándonos la cabeza con mentiras. Un hijo de puta que llegó de Mendoza y nos sacó la quincena entera de mi viejo, la quincena entera de mi abuelo y la plata que habían juntado mis tíos”.

Algunos hacían la “limpieza” desde la vereda porque aducían que “el mal era muy poderoso”. “Llegaban a la puerta y nos hacían el circo: ‘Qué fea sensación se siente, qué cosa más oscura que hay en esta casa’”. Otros entraban, sacaban a toda la familia y Omar se encerraba con llave en su habitación. El presunto sanador espiritual les decía que no era necesario manipularlo, que el trabajo lo podía hacer desde el comedor. “Llenaban la casa de humo, sahumerios, dejaban un tremendo olor a ajo y cebolla. Quedaba lleno de esa mierda, salían y nos decían lo mismo, todos repetían lo mismo, calcado: ‘Acá hay un mal muy grande, lo ha poseído el demonio”, rememora Mario.

La desesperanza los superaba. Eran capaces de invertir en remedios mágicos, de prescindir de los únicos ingresos económicos del mes con tal de expulsar la supuesta maldición que envolvía a Omar. “Pecábamos de inocentes, de ignorantes, nos comíamos el verso por la desesperación de querer ayudar a mi hermano. Me muero de bronca porque pasábamos mucha hambre y mi hermano seguía igual”, dice Mario del otro lado del teléfono con la voz quebrada y los dientes apretados. Después de que los hechiceros dejaran humo y olor y se llevaran la quincena, le pidió a un amigo que estaba por recibirse de psicólogo que fuera a ver a su hermano. Tampoco funcionó: Omar se recluyó en el fondo y estalló en llanto, no quería que nadie lo viera.

La solución fue, finalmente, la mayor desgracia. A mediados de marzo de 2018, cuando Omar llevaba ya 43 años de vida y 25 de reclusión, Antonia empezó a renguear. Tenía 59 años, várices en sus piernas, era diabética y mártir: nunca tenía frío, nunca tenía hambre, nunca le dolía nada. Suponía que su familia ya cargaba con demasiadas miserias como para andar preocupándose por ella. Sus miedos y sus dolores eran secretos suyos. Una tarde Mario advirtió que un trapo colgaba de una de las piernas de su mamá. Le preguntó qué le pasaba, qué era ese trapo y por qué rengueaba. “Nada, no pasa nada”, era la respuesta automática.

“Le tuve que levantar el pantalón a la fuerza -cuenta Mario-. Le colgaba un trapo todo sucio. Se lo saqué y tenía la carne toda morada, una lastimadura podrida. Uno de los perritos la había rasguñado sin querer. ‘Mamá, nos vamos al hospital’, le dije. Pero no podía convencerla. ‘Ya se me va a pasar’, me decía”. Pudo hacerla entrar en razón: la herida estaba infectada y su diabetes era un signo de preocupación. La llevó al hospital y al día siguiente murió. Omar soltó unas lágrimas cuando le avisaron: no se inmutó, no habló, siguió mirando la nada. Ocurrió el 16 de marzo de 2018.

Mario lo vio llorar muchas veces a su hermano pero siempre a escondidas. Omar reprimía sus sentimientos en público. Había sido indiferente a todo. Pero la muerte de su mamá lo interpeló. Cambió dos de sus rutinas desde entonces: asumió que era un estorbo para su familia, un gasto innecesario, y dejó de comer; y empezó a desplazarse también hacia la puerta de la casa. Dejó el fondo por el frente: una sutil declaración de esperanza. Contemplaba la cancha del Club Cultural Villa Borjas y relojeaba el movimiento en la plaza central de Las Casuarinas. “Me ponía a verlo por la ventana y lo veía mirando hacia la plaza, sonriendo y llorando. Era como que anhelaba salir”, confiesa Mario.

“Venite que a Omar le pasó algo”, le dijo por teléfono María Rosa a Mario la noche del domingo primero de marzo de 2020. No había colectivos a esa hora. Tuvo que esperar al día siguiente: descansó y no durmió, rechazó un trabajo como pintor y a primera hora de la mañana se tomó el colectivo 19 de la empresa El Triunfo. “Quiero que me lleves a un médico porque no quiero que me pase lo que le pasó a la mami”, le pidió su hermano que no había hilvanado palabras durante los últimos 27 años.

Omar se había afeitado, se había cortado el pelo él solo, se lo había mojado, se había puesto un gorro. Estaba prolijo y arreglado. Sabía que ese día iba a salir por primera vez al mundo desde esa noche de carnaval de 1993. Mario, rehén de un sentimiento ambiguo de consternación e ilusión, le dijo “vamos ya”. Pero no. Él se tenía que quedar en la casa: se sensibiliza muy fácil. Omar lo había llamado para que lo acompañara porque era su hermano favorito. Pero entre todos acordaron que lo mejor era que lo llevaran la tía Rosa y María Rosa. Omar aceptó.

Llamaron al remís de un conocido del barrio para que los llevara. Se dirigieron a la salita de primeros auxilios de Villa Santa Rosa, la ciudad cabecera del departamento de Veinticinco de Mayo, que queda a cuatro kilómetros de la casa. Omar lamentó que el viaje haya sido tan corto. “Mi hermana me dijo que lo único que hacía era mirar para afuera con una sonrisa en la cara, con un sentimiento de libertad único”, narra Mario desde la emoción.

Llegaron. No era todavía el mediodía del lunes. Una doctora de apellido Cabrera lo recibió en el consultorio. La hermana y la tía esperaron afuera. La atención demoró tanto que el resto de los personas que aguardaban su turno en la sala de espera se impacientaron y alzaron la queja. Apenas entró, Omar soltó todo: le dijo cómo se sentía y lo que le había estado sucediendo. La médica se mostró receptiva y le pidió que le contara todo desde el principio mientras le curaba la herida. La demora se explica en la complejidad del testimonio, en su tartamudez y en la inactividad de sus cuerdas vocales.

“Cuando salió de la sala de consulta, la médica llamó a mi tía y a mi hermana y les dijo: ‘Tienen que llevarlo de forma urgente a un psicólogo. El psicólogo le va a saber decir lo que tiene, yo no puedo decirles nada. Me contó un montón de cosas, él necesita ayuda de ustedes y ustedes lo saben”, recuerda Mario. Inmediatamente después, la doctora llamó a un psicólogo, le contó el caso y acordaron un turno para el miércoles. Ella les aconsejó algo más: que estuviesen tranquilos, que no se emocionaran, que intentaran mantenerse serenos.

Volvieron. La tía Rosa, el tío Pedro, los hermanos Mario, Miguel, Daniel y María Rosa y el abuelo Marcelo se sentaron en la mesa junto a Omar. Todos lloraban. Él habló poco y ellos no querían presionarlo. En un tono de voz casi imperceptible alcanzó a decir lo suficiente: “Quiero cambiar, no quiero ser más así. Hablé con la doctora y me dijo que me iba a ayudar. Lo voy a hacer por ustedes”. Sus familiares no podían contener el llanto. “Fue lo máximo, lo más lindo que nos pasó en mucho tiempo”, cuenta Mario, aún conmovido.

“Voy a calentar el calefón, ¿te querés pegar un bañito?”, le propuso su tía, horas después. “Sí, sí. Me quiero afeitar bien. Y antes de ir al psicólogo, quiero ir a ver a Miguel Tello”, respondió él. Miguel Tello era un adolescente cuando en la década del noventa aprendía el oficio de peluquero cortándole el pelo a los hijos de Antonia. “No teníamos plata pero conseguí al toque. Me fui a lo de un vecino y le dije ‘necesito plata urgente’”, repasa Mario.

El martes 3 de marzo de 2020 Omar volvió a salir a la calle. Él se acordaba dónde quedaba la peluquería: cerca de la escuela y de la terminal de ómnibus. Si hubo algo que estimuló durante su encierro fue su memoria. Recuerda cada porción de su infancia, cada retazo de su vida pre confinamiento. No quería que nadie lo acompañara. Pero su familia tenía dudas: la médica les había pedido que no lo dejaran solo. La tía Rosa se comunicó con la doctora Cabrera para preguntarle qué debían hacer: “Déjenlo que vaya solo pero que alguien vaya detrás de él sin que se dé cuenta”.

Tenía turno a las diez de la mañana. Dos horas antes ya estaba preparado, perfumado y bañado. Mario era el encargado de vigilar su excursión. No le importó haber desperdiciado una oportunidad de trabajo: volvió a estar disponible esa mañana para su hermano. “Fue re emocionante verlo salir. ‘Andá Omar, andá tranquilo’, le dije para despedirlo”. Intentó subirse a la bicicleta de su hermana y no pudo levantar la pierna. Tenía el cuerpo dormido, los músculos atrofiados. Caminó las cinco cuadras a paso lento. Mario lo seguía una cuadra y media detrás: “Iba mirando todo, se paraba a cada rato. Miraba la cancha. Se fue por el bulevar, se detuvo a ver la plaza. Habrá tardado media hora en llegar a la peluquería”.

Sin barba y con el pelo corto, visitó al otro día al psicólogo Javier Viganó en la salita de primeros auxilios de Villa Santa Rosa. El profesional le indicó que las actividades que quiera hacer las haga despacio, sin apuro. Le prohibió, a su vez, volver a salir solo a la calle: desde ahora en más lo haría acompañado. La primera casa que quiso visitar fue la de sus primos: esa fue su tercera salida. “Lo tuvimos que callar porque no paraba de hablar”, dice Mario que le comentaron sus primos.

A cada persona que encontraba en la calle le narraba su historia. Eran conversaciones eternas. A todos les describía cuánto extrañaba a su club, a San Martín de San Juan. A todos les admitió una confidencia: “Me hubiese gustado subirme a la caravana en los festejos”. Omar había vivido desde el encierro los tres únicos ascensos del Verdinegro a Primera División en 2007, 2011 y 2014. El año pasado Mario le regaló una remera trucha -”esas que valen cien pesos en la feria”- del santo sanjuanino que Omar la conserva impecable en su armario. No será la única: el ex futbolista Luis Tonelotto le prometió -gracias a una gestión del portal Diario de Cuyo- que le entregará en persona la camiseta que descolgó del cuadro y que vistió en el primer ascenso del club.

La doctora también les recomendó que fueran a visitar a un especialista en cuerdas vocales. Lo llevaron al Hospital Rawson de San Juan: el médico les dijo que llevará tiempo recuperar la intensidad de su voz, que el entrenamiento de sus músculos vocales es lento y que además debería consultar con un odontólogo porque para hablar con fluidez necesitará dientes nuevos. Durante su aislamiento, los únicos dolores físicos que padeció habían sido por las caries. La cara se le hinchaba, los dientes se le caían. En agosto de 2020 comenzó su tratamiento dental: le pondrán todos dientes nuevos.

Al psicólogo va cada veinte días. Al neurólogo va una vez por mes: queda en Caucete, a quince kilómetros de su casa, y en cada visita desembolsa 1.300 pesos. El neurólogo es quien le receta los antidepresivos. Las pastillas cuestan 1.900 pesos por mes. Él se encuentra en la mitad del tratamiento y su familia asume deudas para solventar los gastos. “Pero no importa. No tenemos alternativa. Si es para él, matamos y morimos”, dice su hermano.

Hoy

Antes de las fiestas del año pasado, Omar fue a almorzar a la casa de Mario. Se sentaron en la mesa de la cocina a las doce del mediodía y se levantaron a las siete de la tarde. “En realidad fue una charla re corta porque hubo muchas cosas que no me contó. Pero ese día me contó lo más importante”. Era lo que no le había contado nunca a nadie: cómo lo humillaron, cómo lo torturaron, cómo lo empujaron al encierro voluntario. “Él me decía que lo habían matado en vida: ‘Yo estaba vivo porque me latía el corazón, pero no me sentía vivo. Estuve mucho tiempo muerto’”, rememora Mario la confesión de su hermano. Omar le reveló que empezó a sentirse culpable por quién era: le relató que sentía culpa por haber nacido feo, tartamudo y con una malformación en la cabeza. “Él cree mucho en Dios. En mi casa han sido siempre muy católicos. Mi hermano me decía que estuvo muy enojado con Dios mucho tiempo. ‘Yo le preguntaba por qué él me había hecho así, así de feo, así de tartamudo’, me decía”. Cesó su enojo cuando leyó en su enciclopedia básica ilustrada que existen cuestiones genéticas, accidentales y psicológicas que pueden afectar al ser humano, a cualquier ser humano.

“No podía creer lo que le había pasado a mi hermano. Me partía el alma. Él se acuerda del nombre y apellido de cada hijo de puta que lo maltrataba. Se acordaba de cada momento, de cada detalle. Para contarme una parte de su historia me detallaba todo: cómo hacía para entrar a la escuela, cómo lo maltrataban, cómo le pegaban, dónde lo encerraban”. Mario, preso de la impotencia, engendró un sentimiento de odio y violencia hacia los agresores, los responsables del padecimiento de su hermano. “‘Los voy a agarrar y los voy a matar por hijos de puta’, le dije. Pero él me dijo que no, que no hiciera nada, que ellos ya deben tener familias e hijos, que no quiere arruinarles sus vidas”.

La hidalguía de su hermano lo obligó a reflexionar. Hoy ya no lo impulsa un sentimiento de venganza: “Me gustaría encontrarlos y hablarles. Voy a tratar de estar lo más tranquilo posible. Me muero de ganas de romperles la cara pero no lo voy a hacer. Voy a hablar con ellos y si tienen hijos, les voy a pedir por favor que les enseñen que no tienen que ser como fueron ellos con Omar, que tomen conciencia, que pueden joderle la existencia a otra persona tan buena como él. Las buenas personas son las que más sufren. Las buenas personas pasan por las peores cosas. Quiero hacerles entender eso”.

Mario infla su pecho y su vena en diálogo con el medio. Su testimonio vira de la sensibilidad y la esperanza al encono y el rencor. Está igual de apenado por los hechos que orgulloso por la restauración de su hermano. La dimensión del drama, potenciado por la cercanía, el vínculo y la impotencia, es una pena profunda que Mario no digiere: “Fueron más de nueve mil días de su vida perdidos. Todo el tiempo triste, todo el tiempo amargado, todo el tiempo bajoneado.

Más de nueve mil días con la misma tristeza en el corazón y en su cabeza. No tiene explicación. Lo que ha vivido es inhumano. No se lo puedo desear ni a los hijos de puta que le hicieron esto. Hoy está volviendo a vivir”. Si atendió el teléfono y dedicó tres horas de entrevista fue solo para que la historia de Omar funcione como activador de conciencia: “Solo deseo que no haya otro Omar. No sabemos cuántos como él están sufriendo ahora. Necesitamos empezar a actuar de otra forma. Las personas como él libran batallas todos los días pretendiendo ser normales. Es una lucha personal por sentirse igual a los demás. Como sociedad tenemos que acompañarlos y ayudarlos”.

Omar está volviendo a vivir. Volvió al colegio: cursa el primer año en el Centros Educativos de Nivel Secundario (CENS) de Veinticinco de Mayo Oscar Humberto Otiñano. Está contento: viaja solo en colectivo y de noche hasta Villa Santa Rosa y cuando vuelve comenta con arrogancia todo lo que aprendió. Sus compañeros son gente joven, gente adulta, de diversas edades. Cuando conocieron su historia, Mario les mandó un audio de WhatsApp en el que les pedía que lo trataran sin distinciones, que no sucumbieran en la conmiseración o en la piedad, que lo ayudaran pero que no lo sobreprotegieran.

Su rehabilitación emocional aún sufre vaivenes. Volvió a salir de su casa hace quince meses. Volvió a la escuela en marzo después de más de tres décadas. Estaba feliz y entusiasmado hasta que hizo cuentas. “Yo tengo 45 años. A los 48 voy a terminar la secundaria. ¿Qué voy a hacer? ¿Quién me va a dar trabajo? ¿Qué voy a estudiar?”, le explicó a su hermano, desolado. Anhela ganar autonomía, recuperar su independencia, dejar de ser una carga para su familia. Él lo consoló: “Quedate tranquilo que tiempo tenés de sobra, podés hacer cualquier cosa”.

Mario le contó, ingenuamente, que hoy la informática y la tecnología dominan el mundo. Omar nunca tuvo celular ni computadora. Precisa de ambos dispositivos para estudiar hasta que, al menos, regresen las clases presenciales. No acepta probar con los teléfonos celulares de sus familiares porque no quiere molestarlos. Repele cada rasgo de lástima: no quiere misericordia, no quiere contribuir a cualquier esbozo de compasión. Quiere comprarse un celular. Omar tiene dos sueños: uno es estudiar, después de recibirse, una carrera relacionada a la informática; el otro ya lo cumplió.

Cuando eran chicos, iban hasta la calle La Plata, ubicada al límite sur del poblado, a jugar con la gomera, a hacer travesuras. Es una posición del mapa a la intemperie desde donde todos los caminos caen por el horizonte. Con una duda casi existencial, se paraban sobre el asfalto y miraban hacia el norte. Contemplaban la extensión infinita de la calle y se preguntaban qué habría del otro lado. Sabían que eran veinte kilómetros de distancia hasta el choque con la Ruta Nacional 20, que une las provincias de San Juan, San Luis y Córdoba.

Un día cualquiera del último verano agarró una botella con agua, una campera y marchó. Se fue de su casa a las cinco de la tarde. Ya tenía permitido salir solo a la calle. Partió sin decirle nada a nadie. Pasaron horas y su familia empezó a preocuparse. Era de noche ya cuando una vecina del barrio tocó a la puerta de la casa. “¿Puede ser que haya visto a Omar caminando cerca de la Ruta 20?”, les preguntó. Cotejaron la vestimenta y efectivamente era él. A Mario lo llamaron al instante. María Rosa fue a buscarlo de inmediato en el auto de un vecino. “Y estaba ahí, caminando solito -recuerda Mario-. Mi hermana no sabía si cagarlo a pedos o abrazarlo”.

“¿Por qué te viniste hasta acá?”, lo increpó. “Ya está, quería venir a cumplir un sueño, no te asustes”, le respondió con liviandad. En el cruce de la calle La Plata con la Ruta Nacional 20 no hay nada más que casillas, tierra y pastizales. Pero Omar volvió alucinado. Mario relata que “cuando venía en el auto estaba súper contento, como si le hubiesen regalado un juguete nuevo”.

FUENTE: INFOBAE

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