El femicidio de la joven caucetera que quería separarse y no pudo

Caucete 12 de agosto de 2019
Su pareja la acompañó a recoger leña y la mató. El changarín inventó una serie de mentiras para encubrir el crimen y acompañó a su suegra a hacer la denuncia. Después, sin querer, confesó el crimen en una charla de amigos. A los días lo descubrieron.
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Por Walter Vilca.

Era 24 de mayo de 2007 y esa noche jugaba Boca, otra cita ineludible en lo de Carlos Navarrate en Villa Santa Isabel, Caucete. Carlos Llanos, Pedro Morón, Javier Mercado y el dueño de casa estaban sentado entorno a la mesa mirando la televisión y en ese momento entró Cristian Paredes. Como nunca faltaban las bromas, uno de ellos le largó a modo de saludo: “¿te han corrido de la casa?”. Con una sonrisa fingida, el changarín respondió con voz seria, “me he mandado una cagada. La he matado, la he ahorcado a la Jésica…” Todos abrieron los ojos sorprendidos, pero ahí nomás Paredes aclaró intentando hacerse el gracioso: “eh, no me crean. Estoy macaneando…”.563294

 Todos se distendieron y siguieron charlando mientras miraban el partido. Cristian Paredes solía ser ocurrente, pero los otros muchachos no pasaron por alto el comentario, hacía tres días que la mujer de éste, Jésica Quiroga, estaba desaparecida. El mismo acompañó a su suegra a hacer la denuncia. Igual prefirieron no hablar del tema. Tres días más tarde, el 27 de mayo, la Policía detuvo a Paredes. Y el 1 de junio de 2007 uno de esos jóvenes se presentó en la Seccional 9na para relatar lo que había escuchado de boca de éste y eso finalmente lo quebró. En horas de la siesta de ese día, los investigadores encontraron asesinada a la joven mamá en un descampado próximo al barrio Nikizanga.


El mismo Cristian Rolando Paredes había confesado el crimen sin querer en esa charla entre amigos. Así también, mucho tiempo antes como que lo había anunciado con sus actitudes posesivas, su machismo enfermizo y su terca postura de retener a Jésica a cualquier precio, aunque tuviese que matarla.

Jésica Deolinda Quiroga fue mamá a los 16 años y, aunque luego quedó sola, dicen que nunca olvidó al padre de su nena. Al tiempo se enamoró de Cristian Paredes, su vecino en Villa Santa Isabel, y comenzó un nuevo noviazgo. En 2006, se fueron a vivir juntos en la casa de unos tíos de Jésica, en el barrio Nikizanga, otro sector popular de Caucete. Eran jóvenes, ella tenía 20 años y él 22, pero el proyecto de formar un hogar poco a poco se desmoronó porque no congeniaban. Además, Paredes no la dejaba salir, la celaba todo el tiempo y hacía que la vida de la joven fuese una tortura. La joven comenzaba pensar en serio en dejar a Paredes. Al parecer, se había vuelto a ver con su amor de adolescente, el papá de su hija, y soñó que su futuro estaba con él.

A Paredes le machacaba la idea de que Jésica regresara con ese otro joven y eso lo tenía enceguecido. Es más, aseguró que ella se lo confesó. Es probable que era cuestión de tiempo, pero él no estaba dispuesto a que eso sucediera. La mañana del lunes 21 de mayo de 2007, ambos salieron a recolector leña a un descampado cercano al barrio Niquizanga, al costado de la ruta 270, entre las calles Oviedo y Paso de los Andes, y aparentemente como otras tantas veces volvieron a discutir.

Cristian Paredes contó después de que, ese día, Jésica le dijo que “sólo podría tenerla muerta”, supuestamente porque pensaba irse con ese otro joven de apellido Carrasco. Y con el odio a cuesta, agarró una media de nylon tipo Can Can que encontró en el lugar, la puso en la cabeza a la joven hasta taparle la nariz y con intenciones de asfixiarla se la anudó fuertemente de un costado. Sin darle tregua, ahí mismo tomó el alambre que llevaban para atar la leña y se lo enroscó en el cuello. Dio dos vueltas con el hilo de metal alrededor de su garganta y tironeó de los extremos. Jésica no se resistió en ningún momento –así lo demostró la autopsia-, quizás se resignó pensando que jamás tendría escapatoria y se dejó morir a manos de ese hombre que alguna vez creyó querer. Paredes arrastró el cadáver al lado de un árbol y lo cubrió con chalas de caña y ramas para que nadie lo viera.

Al rato llegó caminando a su casa y empezó a preparar su actuación. Al otro día apareció por la casa de los padres de Jésica en Villa Santa Isabel y tiró su primera mentira. Fue a decirles que desde el lunes que no veía a su hija. Les aseguró que ese día la chica se fue a la Capital a comprar un repuesto para el auto de su tío de Bermejo y que a su regreso le dejó un mensaje a la vecina avisando que partía a ese poblado alejado a llevar el pedido. También contó que luego él viajó a esa localidad, pero no la encontró ni en la casa del tío ni de su abuela y decidió volver a Caucete. Es más, aseguró que los policías del puesto policial de Bermejo lo vieron en esa zona. Extrañamente, ese martes, un hermano de Jésica recibió un mensaje por celular que supuestamente le mandó la chica en el cual le avisaba que estaba en Ullum con el papá de su nena. Después, nunca más pudieron entablar comunicación con ese celular. La que se sospechó es que ese mensaje lo había mandado Paredes desde el celular de la ya fallecida.

Pese a que nadie sabía de la suerte de Jésica y era muy pronto para suponer que algo terrible había detrás de la versión del concubino, la tan misteriosa ausencia de Jésica despertó preocupación en su familia. De hecho, su madre fue a denunciar su desaparición en la Seccional 9na de Caucete y, con total cinismo, Paredes la acompañó aparentando estar compungido.
Al otro día, el miércoles 23 de mayo, la familia descubrió a través de sus propios familiares que Paredes no había andado por Bermejo. Nadie lo había visto por ese poblado. La vecina del barrio, a la que supuestamente Jésica le dejó el mensaje de que partía hacia esa localidad, también salió a desmentir a Paredes diciendo que no había hablado con la joven. Su coartada se desmoronaba poco a poco, pero él seguía como si nada. Fue en esos días que se reunió con sus amigos del barrio para ver el partido de Boca e inconscientemente se le escapó esa frase: “me he mandado una cagada. La he matado, la he ahorcado a la Jésica…”

El 27 de mayo, la por entonces jueza de Paz de Caucete, María Cristina Bustos, ordenó que detuvieran a Cristian Paredes a raíz de sus reiteradas contradicciones sobre el supuesto paradero de su pareja. En las jornadas siguientes, él continuó firme guardando silencio, mientras la familia de la chica se convencía cada vez más que él sabía del destino de la joven mamá.
Los investigadores tenían esa sospecha, pero argumentaban que no contaban con indicios fuertes. El 31 de mayo armaron un gran operativo y salieron a rastrillar algunos lugares en las afueras de la villa cabecera de Caucete. Para ese entonces, la conmoción era tanta que surgían los más diversos comentarios, entre ellos esa inesperada expresión de Paredes sobre su mujer en una reunión de amigos. Y la pista vino por ahí. Uno de esos muchachos fue a declarar a la comisaría y afirmó que la versión era verdad, confirmó que días antes escuchó decir al propio Paredes que había ahorcado a Jésica. Ese testimonio dejó al descubierto al concubino de la joven, que arrinconado no tuvo otra que confesar el crimen y señalar dónde estaba el cuerpo. Dio las indicaciones casi precisas, fue así que al rato encontraron el cadáver de Jésica en ese descampado al costado de la ruta 270, próximo al barrio Nikizanga.

Cristian Paredes fue llevado a juicio en abril de 2009 acusado de homicidio agravado por la alevosía en la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional. Sin embargo, no quiso someterse al debate y a través de su defensa propuso acordar un juicio abreviado. Las partes estuvieron de acuerdo y el 13 de ese mes el juez Félix Herrero Martín dicto el veredicto. En su sentencia señaló que no pudo dar por acreditada la alevosía y sólo lo condenó por el delito de homicidio simple. En ese entonces no existía el agravante por femicidio, pero tampoco incluyó la situación de convivencia. Así fue que lo castigó con 22 años de prisión.

Fuente: Tiempo de San Juan

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